Alimentar el planeta. Como?

¿Es posible asegurar para toda la humanidad una alimentación buena, sana,
suficiente y sostenible?

mietitura2La alimentación no solo sirve para recargar nuestro organismo con la energía y las sustancias que le hacen falta y es, por tanto, el primer derecho de cualquier persona. También es la base de un desarrollo físico y mental sano y, por ende, de la salud y la longevidad. La mejora extraordinaria de la calidad de vida que ha tenido lugar estas últimas generaciones se debe atribuir, probablemente, más a una mejor alimentación que a unas medicinas más eficaces. Tener suficiente comida es, por tanto, también la premisa para cualquier tipo de emancipación individual y de desarrollo económico. Comer también es un placer fundamental de la vida, accesible a todos y sin el que nadie puede vivir. Un placer que nos une a los demás. La tradición alimentaria es un reflejo de nuestra vida, que evoluciona con el tiempo y nos dice quién somos y a qué comunidad pertenecemos. Por todos estos motivos, la comida es, sin duda alguna, «energía para la vida».

No obstante “asegurar una alimentación buena, sana, suficiente y sostenible para toda la humanidad”, como solicita la demanda de Expo 2015, es un reto colosal. No solo por los números en juego sino también por sus distintas dimensiones: científicas, tecnológicas, medioambientales, económicas, políticas, sociales y culturales; unidas unas a otras.
Como todo problema complejo, tampoco este tiene recetas milagrosas. No existe una única causa de los problemas de alimentación, como tampoco existe una única solución: desconfiamos de los demagogos (de cualquier color) con una receta mágica sacada del bolsillo. De hecho, las soluciones deberán ser tantas como situaciones locales distintas existan. Por ello, en la Expo 2015 se darán encuentro infinidad de ideas provenientes de todos los rincones del mundo. Porque el reto de la alimentación, y esto nos lo enseña el pasado, se puede vencer.

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[accordion-item title=”El hambre sigue siendo un problema de grandes dimensiones”]

En 2013 unos 842 millones de personas – más o menos una de cada ocho en el mundo – padecen hambre crónica crónica y no disponen de alimentos suficientes para llevar una vida activa. La región más castigada es África, donde una de cada cuatro personas está subalimentada. A esta región la siguen algunos países de Asia meridional.
El mero hecho de contar las calorías disponibles no es suficiente: también cuenta la disponibilidad de todos los nutrientes que nuestro organismo necesita. Lamentablemente, mil millones y medio de personas sufren anemia por falta de hierro. Cada año, medio millón de niños se quedan ciegos por falta de vitamina A y la mitad de ellos muere al año siguiente. . La falta de zinc es la culpable de que unos 400.000 niños mueran.. . 165 millones de niños padecen desnutrición, lo que a largo plazo afecta negativamente a sus capacidades cognitivas y, por tanto, a la posibilidad de estudiar y encontrar un trabajo.
Las buenas noticias son que las personas que padecen hambre son ahora 173 millones menos que en 1990,a pesar de que la población mundial ha pasado, en el mismo periodo de tiempo, de 5,5 a casi 7 mil millones. El mérito principal debe atribuirse a la reducción de la pobreza: la mayoría de las mejoras se han producido, de hecho, en dos países: China y la India; protagonistas en estos años de un rapidísimo crecimiento económico. Desde 2008 y por primera vez tras décadas, también en África la producción de alimentos por persona ha crecido.
También la calidad de la dieta ha mejorado: en los países emergentes la disponibilidad por persona de frutas y verduras ha crecido un 90%, la de carnes y productos lácteos, un 70% y la de aceites vegetales, un 32%. En conjunto, la disponibilidad de proteínas ha aumentado en un 20% y se ha reducido la dependencia de los cereales y tubérculos. Sin embargo, África y Asia meridional son una vez más las regiones que se han beneficiado menos de estas mejoras.

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[accordion-item title=”Son muchas las personas que ya disponen de suficientes alimentos”]

En Italia, como en otros países avanzados y en la mayoría de los países emergentes, se come hoy como ninguna otra generación lo pudo hacer antes.
El problema de las carestías recurrentes, y del hambre crónica para la gran mayoría de la población, se ha resuelto durante el siglo XX gracias a un aumento extraordinario de la productividad de la agricultura y la cría de ganado, fruto de la aplicación sistemática de nuevos conocimientos científicos.
La producción agrícola ha pasado de 1,84 mil millones de toneladas de alimentos en 1960 a más de 4,38 en el presente (+138%),sin que hayan aumentado excesivamente las superficies de cultivo. Durante los mismos años se ha duplicado también el número de vacas y búfalos (a 1,6 mil millones) y el de ovejas y cabras (a 2 mil millones). Se ha multiplicado por 2,4 el número de cerdos (10 mil millones) y por 4,4 (18 mil millones) el número de pollos.
A pesar de que la población ha pasado de 3 a 7 mil millones de personas, los habitantes del planeta tienen a su disposición, de media, más alimentos ahora que antes.
No solo ha aumentado la cantidad de alimentos disponibles sino que también lo ha hecho la calidad. Gracias a la apertura de los mercados y a los transportes, es posible encontrar en cualquier momento del año una gran variedad de frutas y verduras. Gracias a que disponemos de unas técnicas agronómicas mejores y, sobre todo, de nuevas tecnologías de conservación, los alimentos ya no son perecederos como en el pasado, por contaminarse con microorganismos y toxinas fúngicas. Gracias a ciertas normativas estrictas, sobre todo, europeas, y a los análisis que se realizan a los alimentos, se ha reducido notablemente el número de adulteraciones alimentarias tan comunes hasta los años setenta.
Muchas de las conversaciones en torno a «la buena comida de antaño» no son más que mitos: según las estadísticas históricas del Istat, el Instituto Nacional de Estadística de Italia, hace cien años las enfermedades gastrointestinales eran la segunda causa de muerte en el país transalpino.

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[accordion-item title=”El problema actual es que algunas personas comen excesivamente”]

Cuando se empieza a comer en exceso no es fácil parar. Y es que, como sabrán quienes hayan tratado de perder peso, biológicamente estamos preparados para afrontar la escasez pero no la abundancia
De hecho y paradójicamente, el número actual de personas con sobrepeso (1,1 mil millones) u obesas (500 millones) es casi el doble, exactamente, que el número de personas que padecen hambre. Pero también es el doble en comparación con 1980 y la mitad con respecto a 2030 si la tendencia actual seguirá igual.
Estamos acostumbrados a pensar que es un problema de los países ricos. De hecho, dos tercios de los estadounidenses pesan más de lo que deberían y, de estos, el 36% de los adultos y el 17% de los niños son obesos. En los últimos años el problema también ha ido en aumento en los países emergentes. De hecho, padecen sobrepeso u obesidad el 53% de los brasileños, el 65% de los mexicanos, el 70% de los habitantes de Oriente Medio y África del Norte, e incluso el 25% de los chinos. En Italia, un 31% de la población padece sobrepeso y otro 10%, obesidad.
También paradójicamente, aquellas madres que han padecido desnutrición dan a luz a niños predispuestos a engordar de mayores si las circunstancias mejoran, y lo mismo sucede con las madres que padecen sobrepeso u obesidad.
La causa es la «transición alimentaria»: al crecer las rentas, aquellos alimentos de bajo contenido calórico como los cereales se sustituyen por otros de mayor cualidad pero también de mayor contenido calórico como carnes, leche y lácteos, o incluso por otros productos industriales confeccionados, a menudo de baja calidad nutricional por su excesiva riqueza calórica y su excesiva pobreza en micronutrientes. Al mismo tiempo, el modo de vida pasa a ser más sedentario y, por tanto, las necesidades calóricas disminuyen.
Así, dietas excesivamente pobres pasan a ser excesivamente ricas, tal y como ha sucedido también en Italia, donde los consumos alimentarios estuvieron equilibrados con las necesidades reales, en su conjunto, solo en torno a 1955. A menudo se modifican o interrumpen tradiciones alimenticias sanas, como la dieta mediterránea de parte del sur de Italia.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, los quilos de más son los responsables del 44% de los casos de diabetes, del 23% de los infartos y del 40% de algunos tipos de cáncer, y han pasado a ser la causa de enfermedad con un crecimiento más rápido. El problema es especialmente grave en los países emergentes, donde faltan recursos y estructuras para curar a tantas personas. Se estima, por ejemplo, que solo en China hay entre 90 y 100 millones de diabéticos.

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[accordion-item title=”¿Hay riesgo de que se produzca una nueva escasez de alimentos?”]

En teoría, la Tierra podría nutrir incluso al doble del número actual de habitantes. No obstante, en la práctica son varios los problemas que contribuyen a que tantas personas padezcan hambre todavía: productividad agrícola muy baja todavía en muchas regiones, dificultades de distribución, distorsión de los mercados, consumo de carne y no de productos vegetales, pérdidas a lo largo de toda la cadena y por parte de los consumidores, competencia de los biocombustibles y expansión de las ciudades. Y a pesar de los éxitos pasados, existen dos indicios que parecen indicar la posibilidad de que en los próximos años los alimentos puedan volver a escasear en los países que se consideran a salvo.
El primero es el aumento gradual de los precios de los productos agrícolas, ique empezaron a aumentar en 2000-2005, tras treinta o cuarenta años de precios estables e incluso en descenso. El aumento también ha estado marcado por dos picos importantes en los precios: uno en 2007-2008 y otro en 2010-2011, lo que hace pensar que, básicamente, la demanda de alimentos puede estar superando la oferta. El efecto inmediato del aumento de los precios es que se impide que los más pobres, es decir, los que tienen más necesidad de alimentos, no tengan acceso a ellos. De acuerdo con muchos observadores, el pico de los precios de 2007-2008 habría sido el detonante de la Primavera Árabe.
El segundo indicio es la auténtica «carrera a la tierra» que están llevando a cabo gobiernos y grandes inversores privados, que están adquiriendo enormes áreas cultivables, de decenas de millones de hectáreas, sobre todo, en África y América Latina. No queda claro si se trata de ayudas al desarrollo o de nuevos colonialismos, pero se sospecha que muchos sienten la necesidad de asegurarse un recurso que está destinado a escasear.

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[accordion-item title=”En 2050 seremos dos mil millones más de personas, y más exigentes”]

Al crecimiento presente y futuro de la demanda de alimentos subyacen dos fenómenos de gran transcendencia
El primero es el aumento de la población, que en el escenario «medio» de las Naciones Unidas debería pasar de 7 mil millones a más de 9 mil millones.. Esto equivale a tener que alimentar dentro de cuarenta años a dos Indias más, o a tres si contamos también a quienes actualmente pasan hambre.
El segundo fenómeno es el binomio urbanización y desarrollo económico. Cada año, más de 60 millones de personas dejan el campo para ir a vivir en ciudades: de ahora a 2050, el porcentaje de la población urbanizada pasará del 50% al 70%. En las ciudades, las personas encuentran nuevas oportunidades y, por tanto, se pueden permitir alimentos más «ricos»: estamos hablando de la «transición alimentaria» a la que hacíamos referencia antes. En China, por ejemplo, donde en 1978 se consumían 8 millones de toneladas anuales de carne y actualmente 71, los consumos cárnicos representan todavía solo un tercio de los estadounidenses. Para producir carne se necesitan, no obstante, piensos, soja y maíz principalmente, cuya producción reduce la cantidad de tierra disponible para la producción de alimentos de consumo humano directo; tierras que contribuirían a alimentar a siete veces más personas.
Si combinamos el aumento de la población con la mayor cantidad de alimentos consumidos de media por cada habitante, , de acuerdo con la FAO, para 2050 tendremos que producir un 70% más de alimentos que ahora. La producción anual de cereales deberá aumentar de 2,1 mil millones de toneladas a 3. La de carne deberá aumentar más del doble.
Por escrito, no parece un objetivo imposible. Si hemos conseguido hacer frente a un aumento de la población de un 80% entre 1970 y 2010, tal vez también podremos salvar un aumento de un 30% de aquí a 2050.
El problema es que el aumento demográfico se concentrará, por un lado, en los países emergentes, donde actualmente son pocas las tierras disponibles para convertirse en tierras de cultivo, donde hay poca agua y donde los límites medioambientales están cerca y, por otro lado,
es en los países más pobres (sobre todo, en África, donde la población podría incluso duplicarse) donde resulta más difícil aumentar la productividad agrícola.
Existe, por tanto, el riesgo concreto de que el día de mañana el número de personas que padezcan hambre pueda volver a aumentar.

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[accordion-item title=”¿Es posible producir un 70% más de alimentos?”]

Aumentar la producción de alimentos en un 70% en los próximos 40 años podría resultar una tarea más complicada de lo que ha sido aumentarla en un 150% en las últimas cuatro décadas De hecho, la población está aumentando a aproximadamente un 1% anual. Por tanto, si tenemos en cuenta la necesidad mayor de productos vegetales para producir carne, la producción agrícola debería aumentar en un 1,5% anual aproximadamente. El problema es que en los últimos años las cosechas han estado aumentando, de media, apenas un 1% anual: en los años sesenta aumentaban un 3% anual.

Hay Hay tres vías principales para producir más, cada una con sus límites y riesgos.
La primera consiste en equiparar las cosechas de algunas regiones con las de otras regiones más productivas. En Europa Oriental, por ejemplo, las cosechas de trigo oscilan entre 2 y 4 toneladas por hectárea, mientras que en Europa Occidental llegan incluso a las 9 toneladas. Estas diferencias se deben a la falta de semillas aptas, fertilizantes y otros medios técnicos y mejores técnicas agronómicas, y tienen, por tanto, causas económicas y políticas. Sin embargo, como veremos dentro de poco, la intensificación de la producción agrícola ha sido la causa de problemas medioambientales considerables, así como de la pérdida de la biodiversidad.
La secundasegunda consiste en criar a los animales en espacios cerrados y no abiertos, mejorándolos genéticamente y con una formulación nueva de los piensos. Todas estas cosas permiten mejorar notablemente la productividad. Lo que se gana en producción cárnica se pierde, lamentablemente, en bienestar animal y en algunas formas de impacto medioambiental.
La terzeravía consiste en aumentar la productividad de las plantas, disminuyendo al mismo tiempo el impacto medioambiental de los cultivos. Esto significa adaptar mejor las plantas al medioambiente (por ejemplo, haciéndolas capaces de defenderse por sí mismas de los parásitos o menos dependientes del agua) y no al revés (por ejemplo, usando más fármacos agrícolas o más agua) como se ha venido haciendo, sobre todo, hasta ahora. Se puede hacer mejorando genéticamente las plantas; un proceso que actualmente es más rápido y preciso que antes. No obstante, para obtener esta mejora es necesario incrementar las inversiones en investigación y usar también (¡y no solo!) algunas técnicas de ingeniería genética que, por lo menos en Europa, se enfrentan a una gran oposición.

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[accordion-item title=”¿Lo conseguiremos sin dañar excesivamente el medioambiente?”]

Si bien estamos acostumbrados a pensar en la agricultura como algo «natural», en realidad se trata de una actividad cien por cien artificial que tiene, en cualquier caso, un impacto medioambiental elevadísimo, precisamente porque sustituye un ecosistema natural rico en biodiversidad y resistente por otro artificial, simplificado y más frágil.Actualmente, la producción de alimentos ocupa más de un tercio de todas las tierras firmes.Desde este punto de vista, la intensificación de la agricultura que ha tenido lugar en los últimos cincuenta años ha tenido el mérito de aumentar considerablemente la producción de alimentos a cambio de un aumento relativamente modesto de la superficie cultivada. Hay quien ha calculado que si las cosechas siguieran siendo como las de 1961, con la población actual sería necesario poner al servicio de la agricultura el 82% de las tierras firmes..

Quienes han aprovechado mejor la situación han sido los países más avanzados, como Europa y América del Norte, donde el aumento de la productividad ha sido tan grande que incluso se ha llegado a devolver a la naturaleza superficies enormes. En Italia, por ejemplo, el fin de la agricultura marginal en colinas y montañas, y de los pastizales, ha permitido que el bosque, y con él la fauna grande, se volviera a adueñar de una superficie más grande que el Lacio y la Toscana juntas.
En muchas regiones del mundo (y según por qué aspectos también aquí) la intensificación de la agricultura ha tenido que pagar un gran precio en términos de erosión, empobrecimiento o salinización del suelo, agotamiento de las faldas acuíferas, contaminación de las aguas por fertilizantes y pesticidas, elevados consumos energéticos y reducción de la biodiversidad agrícola a poquísimas especies y variedades muy productivas.
La cadena carnica, cuyo impacto medioambiental es literalmente gigantesco, merece ser tratada a parte. La FAO ha calculado que si pesáramos en una balanza todos los animales domésticos, descubriríamos que representan un quinto de todos los animales existentes en la Tierra. Usamos para pastos un cuarto de las tierras firmes: una superficie igual de grande que toda África más la mitad de Europa, donde el suelo y la vegetación están degradados. Para producir piensos, como soja y maíz, usamos un tercio de toda la superficie cultivable. La producción cárnica también es el principal factor detrás de la destrucción de los bosques tropicales y es la responsable del 18% de la producción de gases de efecto invernadero: una contribución mayor que la del conjunto del sistema de transportes. El sector zootécnico también es uno de los mayores consumidores de agua dulce.

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[accordion-item title=”¿Conseguiremos solucionar el problema del agua?”]

Probablemente, la falta de agua sea el factor más importante que limita la producción de alimentos, que es responsable del consumo del 70% del agua dulce disponible en la Tierra, ; un porcentaje que llega al 90% en regiones áridas como Oriente Medio y África del Norte. De hecho, las tierras de regadío ocupan un 20% de la superficie dedicada a la agricultura, pero producen el 40% de las cosechas mundiales.
Tal vez en ningún país el problema sea tan grave como en China. En el norte del país, donde vive la mitad de la población y donde se encuentran la mayoría de tierras cultivables, la disponibilidad de agua per cápita apenas es de un quinto del umbral internacional de «dificultad hídrica». Según el antiguo primer ministro Wen Jiabao, la falta de agua amenaza «la supervivencia misma de la nación china». Pero también en zonas vastas de la India, la velocidad de extracción de las faldas acuíferas es muy superior a la capacidad de reacumulación.
Según muchas previsiones, para 2030 la agricultura necesitará un 45% de agua más y el aumento previsto de la producción cárnica podría agravar el problema. Aunque también las ciudades, donde vivirá el 70% de la población mundial, necesitarán más agua. Y, con el cambio climático, no sabemos qué sucederá con las reservas hídricas.
Para reducir considerablemente el consumo de agua son necesarias nuevas tecnologías de irrigación, como el riego por goteo, para las que, según la FAO, será necesario invertir en los próximos cuarenta años casi un billón de dólares. De nuevo, el problema afectará, sobre todo, a los países pobres, es decir, los que menos capacidad tienen para proveerse de las tecnologías necesarias.

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[accordion-item title=”Vencer a la pobreza significa vencer al hambre y viceversa.”]

Paradójicamente, el hambre es un problema de las zonas de montaña, es decir, de los lugares donde se producen los alimentos. Al mismo tiempo, no obstante, (y más previsiblemente) es un problema cuyo origen es la pobreza. Entre hambre y pobreza existe un auténtico círculo vicioso: el hambre es la mayor causa de la pobreza, que a su vez impide comprar o producir suficientes alimentos. La experiencia nos ha enseñado que el crecimiento económico general sirve para aliviar el problema del hambre. Sin embargo, también nos ha enseñado que, para mejorar las condiciones de la franja más pobre de la población, la cuota de crecimiento que deriva de la agricultura es el doble de eficaz que la que se produce en otros sectores de la economía. Esto no debería sorprendernos si tenemos en cuenta que la mayoría de las personas pobres viven en la montaña y viven de la agricultura. Dicho de otra forma, el hambre se combate, sobre todo, ayudando a los pequeños agricultores a producir y a ganar más.
Para hacerlo, y de forma sostenible, es necesario aumentar la productividad, es decir, la cantidad y el valor del producto a igualdad de tierra empleada.
El aumento de la producción agrícola también tiene el efecto de mantener los precios de los alimentos bastante bajos para combatir el hambre y la pobreza. Todo esto se puede obtener haciendo que los pequeños agricultores puedan adquirir semillas, fertilizantes y otros medios técnicos, mejorando las infraestructuras de modo que se les permita el acceso a los mercados locales y creando redes de protección social capaces de sustentarles en momentos difíciles. No es casualidad que muchos de los progresos conseguidos en África en los últimos años sean atribuibles a las remesas de los emigrantes, que actualmente representan el triple que las ayudas al desarrollo.

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[accordion-item title=”La intensificación sostenible es posible, aunque no es fácil”]

¿Es posible producir más alimentos sin aumentar el fuerte impacto que ya tienen la agricultura y la ganadería en el medioambiente? En teoría, sí. En los últimos años se ha introducido el concepto de “intensificación sostenible”, es decir, el aumento de la productividad de la tierra y el aumento de la eficiencia en el uso de los recursos necesarios.
Existen más intervenciones posibles y los márgenes de mejora son notables.
Las técnicas de la «agricultura de precisión», que se basan en la observación por satélite y en las tecnologías digitales, permiten, por ejemplo, usar agua, fertilizantes y energía solo donde son necesarias y en la cantidad y el momento adecuados, adaptando las dosis metro por metro. Para proteger las cosechas de los parásitos se pueden usar las técnicas de la «lucha integrada», un campo en el que Italia ostenta el liderazgo mundial y que prevé la combinación de medios químicos de síntesis, agronómicos y biológicos para asegurar una máxima eficiencia con un mínimo impacto sobre el medioambiente y la salud de los agricultores. También es importante que el uso de los fármacos agrícolas esté bien regulado y, en este sentido, es Europa la que tiene un sistema de regulación y control especialmente eficaz. Se puede incrementar el número de variedades cultivadas y recuperar algunas técnicas tradicionales que funcionan bien. Y todo esto se puede realizar en explotaciones grandes y pequeñas, con cualquier tipo de técnica productiva y a cualquier nivel de desarrollo económico.
Sin embargo, uno de los principios clave de la intensificación sostenible es que dada la gran diversidad de sistemas agrícolas existentes en el mundo, no existen soluciones buenas para todos; no existen recetas universales. Tal y como reza un documento muy reciente de las Naciones Unidas, Solutions for Sustainable Agriculture and Food Systems): «Las batallas ideológicas en torno al hecho de si comer carne es o no apropiado o si la agricultura debe ser “convencional”, “transgénica” o “biológica” pueden llevar a salidas ineficientes o que no resuelvan los problemas, sobre todo cuando, en el ardor de la retórica y la propaganda, los contextos locales se ignoran. Para alimentar al mundo y hacerlo más ecológico es necesario apoyar la evolución dinámica de los sistemas agrícolas, ofreciendo a los agricultores las informaciones, los medios técnicos y el reconocimiento necesarios. No existen alternativas revolucionarias». Dicho de otra forma, las soluciones deben valorarse una a una, de forma específica e individualizada, abandonando las grandes categorías (como «agricultura biológica» o «agricultura industrial») que acostumbramos a usar.
No obstante, la intensificación sostenible entraña dos problemas para nada desdeñables.
El primero es que es necesario un gran nuevo esfuerzo por parte de la investigación agronómica pública. Los éxitos de la Revolución Verde de los sesenta se debieron a grandes inversiones por parte de los gobiernos; inversiones que en las últimas décadas se han redimensionado considerablemente, con el resultado que gran parte de la innovación más reciente, que ha beneficiado sobre todo a los países más ricos, se la debemos a investigadores privados. Si debe tener lugar una nueva Revolución Verde (más atenta esta vez a los impactos sobre el medioambiente), será necesario contar con mucha más investigación, mucha más transferencia tecnológica a los agricultores y muchos menos prejuicios en relación con ciertas tecnologías como, por ejemplo, la ingeniería genética.
El segundo problema es que la intensificación sostenible requiere, por lo general, la adopción de técnicas agronómicas más avanzadas, más costosas y más complejas de gestionar. En 2050 un 87% de la población estará concentrada en los países emergentes y en los más pobres,, es decir, en las partes del mundo donde la adopción de estas técnicas es más problemática.
Queda claro, por tanto, que todo sería más sencillo si en 2050 necesitáramos menos alimentos de los previstos. Hay tres vías para hacerlo.

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[accordion-item title=”Reducir el derroche de alimentos”]

Según la FAO, aproximadamente un tercio de los alimentos producidos en el mundo, algo como mil trescientos millones de toneladas anuales, –, no llega al plato de los habitantes del planeta.
Los alimentos se pierden a lo largo de todo su ciclo de vida, desde el productor al consumidor.
Si bien en conjunto la pérdida de alimentos es igual de grande en los países ricos que en los pobres, existen grandes diferencias entre ambos.
En los países más pobres, las pérdidas tienen lugar, sobre todo, en el campo, los transportes, el almacenamiento y la producción puesto que no cuentan con las infraestructuras necesarias: los alimentos se dañan (a causa de topos, ratas, langostas y otros insectos) o se deterioran (por falta de higiene o de una cadena de frío) antes incluso de llegar a los puntos de venta o al consumo. Cada consumidor tira anualmente unos 6 u 11 quilos de alimentos.
En los países más ricos, en cambio, las mayores pérdidas se registran en la venta y el consumo. Los alimentos se tiran porque contienen contaminantes (como fármacos agrícolas o microtoxinas) que superan los límites permitidos por la legislación, porque el nivel cualitativo (incluso solo en el aspecto) no está a la altura, porque se han caducado a pesar de seguir estando buenos, porque los supermercados prefieren tener las estanterías siempre llenas a pesar de que saben que parte del producto no se venderá, y porque el sector de la restauración no puede planificar a la perfección los consumos. Al final, muchos alimentos se desperdician en casa: según las estimaciones de la FAO, entre 95 y 115 quilos de alimentos por persona al año. En Italia, las estimaciones más fiables indican que un 8% del gasto en alimentación termina en la basura, con un valor de entre 7 y 9 mil millones de euros anuales.

Si bien el coste humano del desperdicio es incalculable, el económico se estima (sin contar el pescado) en en 750 mil millones de dólares anuales: el PIB de Suiza. También el coste medioambiental es impresionante: para producir los alimentos que después se desperdician se ocupan 1,4 mil millones de hectáreas de tierra que se podrían restituir a los ecosistemas naturales, se producen 3,3 mil millones de toneladas de dióxido de carbono que contribuyen al cambio climático y se malgastan 250 quilómetros cúbicos de agua, además de la energía y los médicos técnicos empleados.
También el desperdicio es un problema complejo que no tiene soluciones sencillas e inmediatas: no es suficiente, como a menudo se dice, un poco de atención y de buena voluntad por parte de todos y cada uno de nosotros. No obstante, nuestra conciencia no debería estar tranquila a sabiendas de que cada año las casas de los países ricos tiran 222 millones de toneladas de alimentos, una cantidad prácticamente equivalente a la producción total neta de alimentos en el África subsahariana, donde una de cada cuatro personas padecen hambre, y que es de 230 millones de toneladas.

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[accordion-item title=”Una alimentación mejor también es una alimentación más sostenible”]

Las previsiones sobre el aumento de la producción de alimentos necesarios para alimentar la humanidad en 2050 se basan también en el aumento del consumo per cápita que se espera que tenga lugar, pues más personas se pasarán a una dieta más rica, tal y como ya ha sucedido antes en los países avanzados y actualmente en los emergentes.
No obstante, se puede reducir la cantidad de alimentos necesaria en 2050 reduciendo también la entidad de este cambio. De hecho, una dieta basada en el consumo de una gran variedad de plantas más que de carne, leche y productos derivados, o de productos industriales excesivamente ricos en grasas y azúcares grava menos los recursos y el medioambiente. Y los márgenes de mejora, tanto para la salud como para el medioambiente, son enormes.
Junto al derroche doméstico, tal vez este sea el ámbito en el que cada uno de nosotros puede contribuir más. Si bien existen algunos indicios positivos (incluso en Estados Unidos los consumos cárnicos han caído un 10% entre 2004 y 2012), el cambio de la dieta es un cambio cultural, algo considerablemente lento y difícil. Si en los países emergentes resulta difícil frenar el entusiasmo por la salida de un hambre atávica, a todos nos resulta difícil resistir la oferta de alimentos con sabor y relativamente económicos. Para saber comer hay que estar educado, algo que, nuevamente, resulta más difícil entre las clases más pobres y con menos cultura, que son, precisamente, las que tienen más necesidad. Pero para esta solución hace falta lo que los estadounidenses denominan como una win-win proposition: gana la salud y gana el medioambiente.
Muchas dietas tradicionales del mundo son sostenibles, y también en Italia tenemos una de estas. La dieta mediterranea, que se basa en el consumo de cereales, gran variedad de frutas y verduras y poca carne, así como en el uso del aceite como grasa de condimento, promueve la biodiversidad agraria y la riqueza de las tradiciones culturales. Una lástima que cada vez se abandone más esta dieta.

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[accordion-item title=”¿Realmente es indispensable transformar los alimentos en humo?”]

Tal vez la medida más sencilla para aumentar la disponibilidad de alimentos y reducir el impacto de la producción agrícola en el planeta sea la reducción del uso de biocombustibles. Una parte creciente de las cosechas, sobre todo, de caña de azúcar, maíz y colza, se transforma en etanol o biodiésel para la automoción. Se trata de un mercado que se ha creado por motivos políticos (el apoyo a ciertas categorías de productores agrícolas) por medio de incentivos económicos, que actualmente se amplía porque los biocombustibles se consideran una fuente de energía renovable ya que liberan a la atmósfera la misma cantidad de dióxido de carbono que tienen fijada las plantas de las que se obtienen.
Sin embargo, así se reduce la tierra disponible para la producción de alimentos, haciendo que estos sean más escasos y costosos y, por tanto, que estén menos disponibles para los pobres.
Entre 2000 y 2010, la producción de biocombustibles se ha multiplicado por cinco y en la actualidad representa unos 110 mil millones de litros entre etanol y biodiésel. El país más adelantado en este campo es Estados Unidos, donde para producir un 8% del combustible se usa un 40% de la producción de maíz: si se usara como alimento, la disponibilidad de maíz en el mundo aumentaría un 14%.
Para 2020, China habrá subido la cuota de biocombustibles en los transportes a un 5%. Brasil, Japón, Indonesia y la Unión Europea la habrán subido un 10%. Estados Unidos, un 30%. La producción total se incrementará, así, en otros otros 85 mil millones de litros.

En 2020, un 13% de la producción global de maíz, un 15% de los aceites vegetales (colza) y un 30% del azúcar de caña se dedicarán a la producción de biocombustibles, sustrayendo así a la producción de alimentos 35 millones de hectáreas. Y según la FAO el aumento de los precios de los alimentos oscilará entre un 15% y un 40%.

Una de las posibilidades para mejorar la sostenibilidad de los sistemas energético y agrícola es pasarse a los biocombustibles de segunda generación, cuya materia prima no son los alimentos sino los descartes agrícolas, o mejor aún, a los de tercera generación, que se basan en el cultivo de algas y microorganismos modificados expresamente. No obstante, en este sentido, no estamos más que empezando Una vez más, será necesaria mucha más investigación.

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