Elogio de la anchoa

Elegir el “pez pequeño” en el mercado en lugar del grande supone contribuir a proteger el ecosistema marino.

También Jesús tuvo que afrontar el problema y lo resolvió a su manera. Muy probablemente la pesca en el lago Tiberíades no daba ya el “fruto” esperado y la intervención divina multiplicó los peces interrumpiendo los efectos negativos del overfishing o, dicho en castellano, la sobrepesca o explotación excesiva de la pesca, cuyo principal resultado es la desaparición de los peces.  Si se pesca a un ritmo mayor del necesario para que los peces regeneren su población mediante la reproducción, los peces mismos desaparecen. Y hace falta un milagro.

Quizá esta exégesis es un poco atrevida, pero el hecho pone en evidencia cómo ya entonces el problema de la pesca excesiva preocupaba hasta tal punto a pescadores y consumidores que llegó a ocupar al mismo Dios. Hoy estamos en la misma situación a escala global.

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El problema se intuye comprendiendo la etimología del verbo utilizado para describir la pesca en régimen económico. Podemos decir, efectivamente, disfrutar de un stock pesquero, donde por stock se entiende una parte de una población de una especie de pez sometida a pesca. Pero disfrutar significa recoger todos los frutos del árbol que produce peces. Un empresario agrícola, de hecho, con un árbol cargado de fruta recoge hasta el último fruto. No tiene sentido para él dejar en el árbol un producto preciado para hacer que al año siguiente el árbol produzca otro tanto. Pero en la pesca debería hacerse: el empresario pesquero no debería pescar todo, para poder pescar más en el futuro. Pero este concepto obviamente choca con la idea de libre mercado, de competición entre empresarios, de eficiencia y eficacia empresarial. El pescador debería ser un emprendedor limitado en su beneficio que, no pescando todo cuando tiene la riqueza disponible, se asegura a sí mismo la pesca a largo plazo.

Pero determinar el límite dónde detenerse a la hora de pescar no es fácil. Saber el número mínimo de individuos de una población de peces que debe dejarse en el mar con el fin de que la reproducción de estos mismos individuos logre dar lugar al número inicial es uno de los mayores problemas que afronta de siempre la ecología marina aplicada.

Los poetas pueden venir en nuestro auxilio para comprender el problema. Rodari escribió que «Tres pescadores de Livorno porfiaron durante un año y un día para establecer y sentenciar cuántos peces hay en el mar». Los tres discutieron de números y especies, hasta decretar que había más de un millón, pero el poeta concluyó con un lacónico: «Y los tres tenían razón». En pocos versos, el problema consiste en lo siguiente: calcular mediante datos independientes, de capturas o acústicos, la entidad numérica de la población. Tratándose de un cálculo y no de un número cierto y fácilmente intuible como en la gestión de unas existencias, científicos, pescadores y políticos “combaten” en una guerra numérica que, excepto en rarísimos casos (por ejemplo con la lubina rayada, Morone saxatilis, en la bahía de Chesapeake) ha llevado a la solución del problema. Más frecuentemente la pesquería se colapsa mientras se celebran debates interminables, como en el caso más llamativo que jamás se vio en la historia de la pesca: el colapso de la pesquería del bacalao (Gadus morhua) en los caladeros de Terranova.

Hoy en día, según la FAO, solo el 13 % de las poblaciones no se sobreexplotan en el planeta. Y los bancos pesqueros en régimen de sobreexplotación son más del 90 % en el Mediterráneo, como declara la Comisión Europea. Y la política debe poner remedio, ya que los productos pesqueros (de la pesca y la acuacultura), una vez más según la FAO, proporcionan a 4.300 millones de personas aproximadamente el 15 % de su ingesta de proteína animal.

Hemos pescado demasiado. Y científicos, gestores, pescadores, industrias conserveras y transformadoras están al corriente y se está trabajando en varios niveles para encontrar soluciones. Pescadores que se hacen ellos mismos gestores de los recursos pesqueros, industrias que certifican sus propios productos como procedentes de pesca sostenible , o bien respetuosa con los límites científicos, científicos que afinan cada vez más los modelos matemáticos para calcular de la forma más correcta la entidad de las poblaciones de peces.

El rey está desnudo, pero quien lo viste es el marketing global que nos obliga a consumir cada vez más para mantener esta forma de economía. Hay mucho menos pescado en el mar (nadie lo puede negar) y debemos, por lo tanto, comer menos. Las elecciones y la compra deben reflejar esto a la fuerza. Existen numerosos decálogos y sugerencias de compra. Un consumidor que ignora el problema es un problema para el medio ambiente. Si eliminamos completamente del ecosistema marino ciertos componentes, el equilibrio se altera, pero la resiliencia del sistema (la capacidad de volver a un estado de equilibrio), lo restablece haciendo ocupar nichos ecológicos de especies comestibles en régimen de sobreexplotación a otras especies vicariantes, como medusas en lugar de anchoas y peces luna en lugar de atunes.

Comer es un gesto ecológico. Cómo, cuánto y qué comemos del mar está teniendo repercusiones en el ecosistema.

Un proceso de educación en consumo sostenible de los recursos pesqueros, acompañado de un fuerte compromiso de gestión por parte de los pescadores y de robustas y respetadas evidencias científicas, podrán obrar el milagro.

Marco Costantini (Responsable del programa Mare de WWF Italia)

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