Hacia la agricultura de precisión

O sobre cómo la tecnología puede reducir el uso de fertilizantes, antiparasitarios y energía, mejorando la calidad del producto.

¿Será la tecnología la que nos dé una agricultura más ecológica?

Igual que en la política, también en la agricultura, cuando se habla de sostenibilidad y seguridad, hay maximalistas y reformistas. Para los primeros, hay que abatir al sistema, no cambiarlo. Para los segundos, en cambio, el sistema puede mejorarse, incluso si es de poquito a poco. Los maximalistas en agricultura son, naturalmente, los productores biológicos (que esperemos que nos perdonen la definición un tanto grosera), que no usan fertilizantes y antiparasitarios de síntesis. Biológicos y biodinámicos, los conocemos todos. Pero los reformistas ¿quiénes son?
Por ejemplo, los quince productores que han participado en el proyecto Magis (www.magisvino.it) y cuyos vinos han recibido recientemente la primera certificación de sostenibilidad concedida hasta la fecha en Italia. Los llamamos así (y que nos perdonen también ellos) porque, incluso utilizando fertilizantes y antiparasitarios de síntesis, tratan de usarlos el mínimo indispensable. Parece sencillo («¿Por qué no se le habrá ocurrido antes a nadie?») pero en realidad no lo es para nada.
Cojamos como ejemplo los antiparasitarios. La vid se debe defender de los parásitos, si no, la uva será escasa o de mala calidad. Y el vino bueno nace en la viña y no en la bodega. Si se trata demasiado la vid, se corre el riesgo de dejar en el vino más residuos de los que la ley permite. Si, en cambio, se trata demasiado poco, se corre el riesgo de que el vino termine contaminado por ocratoxinas, sustancias muy tóxicas y casi indestructibles producidas por hongos que atacan a la uva. Evitar o mantener en un mínimo ambas contaminaciones es posible, aunque muy difícil. Es el clásico problema de la manta demasiado corta, que se puede superar eligiendo los productos más eficaces y seguros para cada situación concreta y optimizando su uso tomando en consideración la defensa del conjunto de todos los parásitos, de modo que no se tengan que duplicar los tratamientos. No obstante, para conseguirlo hacen falta los mejores conocimientos científicos posibles y, sobre todo, un control cotidiano de lo que sucede en el campo.
Para usar bien los fertilizantes, es necesario, en cambio, un conocimiento de las condiciones vegetativas de cada planta, que cambia en cada viña de una zona a otra, de modo que se les pueda proporcionar solo la cantidad de nutrientes necesarios. Pero ¿cómo se entiende esto?
Para entenderlo, las empresas que han hecho certificar sus vinos siguen protocolos hechos a medida por los enólogos de la Universidad de Milán, por los ingenieros de las Universidades de Turín y Florencia, por los biólogos del Instituto de Ciencias de las Producciones Alimentarias del CNR y por la Asociación de Enólogos Enotécnicos Italianos, amén de algunas empresas especializadas del sector, que los han seguido paso a paso. El director científico del proyecto es el prof. Attilio Scienza, de la Universidad de Milán.
El método es el de la agricultura de precisión, a la que dedicamos nuestro vídeo, pero el secreto del proyecto lo desvela el nombre. Magis, de hecho, es una palabra latina cuyo significado es «de más», «siempre mejor» y que alude al hecho de que el protocolo de producción no es una serie de prescripciones estáticas, como las disciplinares, sino que está destinado a mejorar año tras año. De hecho, por primera vez las empresas que participan en este proyecto (que son, no obstante, competidores en el mercado) comparten una gran base de datos en la que se vuelcan todos los datos relativos a lo que sucede exactamente en la viña y en todas las operaciones efectuadas. Los datos están a disposición de los investigadores, que los pueden usar para entender cómo mejorar aún más. Entre otras cosas, así se hace un seguimiento exhaustivo de todo el proceso productivo, de una forma transparente. Y al final, naturalmente, el vino lo analiza una entidad certificadora independiente.
En las próximas temporadas, además de fertilizantes y antiparasitarios, el proyecto se ocupará también de la huella de carbono y del control de la calidad del suelo.
Otras 140 empresas de todos los rincones de Italia ya están manos a la obra para producir también ellas un vino con sostenibilidad certificada. ¿Por qué tanto entusiasmo con Magis y con otros proyectos de sostenibilidad que no han llegado todavía a la meta de la certificación? Por la pasión de hacer el trabajo de la mejor forma, naturalmente, pero también porque cuantas menos cosas se hagan en el campo, más se ahorra. Y, además, se satisfacen las demandas de mercados muy atentos a la sostenibilidad y la seguridad como los del norte de Europa y el americano.
¿Quién ganará esta carrera? ¿Los maximalistas o los reformistas? Veremos. Sea como fuere, la competencia jamás había sido tan preciosa.

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