Todos los alimentos que convertimos en humo

Millones de toneladas de productos alimenticios se convierten en biocarburantes. Pero ¿realmente es una buena idea?

¿Podemos permitirnos quemar la comida?

La historia de los biocarburantes es una demostración perfecta de que es imposible que exista una varita mágica para los problemas a los que la humanidad deberá enfrentarse en las próximas décadas. En un intento por contribuir a solucionar algunos problemas (el efecto invernadero pero, sobre todo, el riesgo de que se agoten los combustibles fósiles) hemos terminado por agravar otro problema: la crisis alimentaria.

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Los biocarburantes son sustancias combustibles que se obtienen a partir de biomasas vegetales: plantas, hablando claro. En el fondo también el petróleo, el carbón y el gas natural son restos de organismos vegetales y animales que han quedado enterrados durante miles de años durante los que se han transformado por efecto de la presión y la temperatura. Cuando los quemamos, liberamos la energía solar que todos esos organismos habían almacenado durante su vida.

Con los biocarburantes buscamos acelerar el proceso: obtener energía de las plantas sin tener que esperar miles de años. A fecha de hoy existen dos tipos principales de biocarburantes: el bioetanol, que se obtiene haciendo fermentar masas ricas en azúcares (como el maíz y la remolacha) con un proceso parecido a la producción de bebidas alcohólicas, y el biodiesel, que deriva de los aceites vegetales que se extraen de semillas de colza, girasol y palma.

Por escrito es una idea excelente. Ya que podemos volver a plantar las plantas que usamos para producirlos, los biocarburantes, a diferencia del petróleo, son un recurso renovable. Y el dióxido de carbono que producimos al quemarlos se equilibra con el que absorben las mismas plantas durante su vida.

En realidad, si se cuenta toda la energía necesaria para producirlos (incluidos los fertilizantes para hacer crecer el maíz y la colza y el transporte hasta el establecimiento) no está claro que los biocarburantes reduzcan de verdad las emisiones de efecto invernadero en comparación con el petróleo o el metano. Aunque el verdadero problema es que los biocarburantes más difundidos a día de hoy se producen usando cultivos que también sirven para alimentarnos. Sustraen tierras a la producción de alimentos y contribuyen a elevar los precios de los productos agrícolas.

Un informe muy completo de la FAO, de finales del año pasado, ha destacado el impacto que tiene la producción de biocarburantes sobre el mercado alimentario.

También The Economist ha explicado hace poco los altibajos de esta tecnología: desde el entusiasmo inicial a la perplejidad actual.

Un paso adelante del que llevamos años hablando sería cambiar a los biocarburantes de segunda generación, que se producen a partir de descartes de la agricultura o de plantas que no se utilizan con fines alimentarios. El problema radica en que hacer fermentar estos materiales para transformarlos en carburantes es un proceso más difícil.

Los primeros en conseguirlo a escala industrial han sido italianos.

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