Un frigorífico en todas las casas

¿Comerse un animal que no se ha visto vivo antes? Impensable hasta hace poco. Te explicamos cómo el frigorífico ha cambiado nuestra relación con la comida.

El miedo a comerse algo que se ha echado a perder tiene orígenes inmemoriales y, a fecha de hoy, sigue siendo un tema de rabiosa actualidad.  En Italia, vender alimentos en mal estado es un delito y, por tanto, el problema radica solo en hacer que se cumpla la ley. Sin embargo, en muchos otros lugares del mundo sencillamente la cosa no es así: mantener la cadena del frío o conservar los alimentos correctamente es imposible. Es difícil cuantificar el resultado aunque, según la Organización Mundial de la Salud, una buena parte de los casi dos millones de fallecimientos anuales por diarrea (de los que en torno a un millón y medio son niños de menos de cinco años) se pueden relacionar con la ingesta de alimentos o líquidos contaminados.

El caso de la carne es emblemático, pues desde casi siempre se ha tratado de poner en marcha medidas que garantizaran la salubridad de este alimento. A quien pueda leer en francés le aconsejamos un excelente libro que permite descubrir un pasado insospechado y que lleva por título «Historia de los miedos alimentarios» («Histoires des peurs alimentaires» en francés), de Madeleine Ferrières, éditions du Seuil 2002. Con una narrativa apasionante, la autora explica infinidad de historias que pueden parecernos increíbles como, por ejemplo, la convicción, de principios del siglo XVII, de que se podía contraer la lepra si se comían patatas. Si miedos como este a nosotros nos parecen absurdos (y quién sabe qué dirán las próximas generaciones de nuestros temores hacia algunos alimentos que hoy consideramos tabú por ser fruto de nuevas tecnologías), los capítulos sobre el problema de garantizar una carne de buena calidad son increíblemente actuales, al menos, en los países más pobres. Ferrières no solo explica cómo ya en el siglo XIII, en algunas partes de Europa, existía la obligación severísima de llevar a los animales que pasaban por el matadero prácticamente vivos a los consumidores, sino que también explica que ya en la Edad Media se trató de imponer normas higiénicas generales, obligando a los carniceros a llevar ropa limpia. Y, como es natural, también existían reglas rígidas para la venta de pescado y marisco. En Ginebra, las crónicas informan de que en el siglo XVI el pescado se tenía que vender el mismo día en verano y en un máximo de dos días en invierno. La leche, en cambio, se tenía que vender justo después de haber ordeñado a la vaca o, como mucho, durante el mismo día.

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Vamos, que incluso la más sencilla de las compras del día requería astucia y un poco de suerte. Algo que ya hemos borrado de nuestra memoria gracias a las tecnologías que garantizan una buena conservación: desde el frigorífico a las conservas. Ahora que ya tenemos las tecnologías, el reto es hacer que lleguen a todos.

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