¿Y si para adelgazar no hiciera falta otra cosa que cambiar de plato?

Existe un motivo por el que los estadounidenses no paran de ganar quilos. Los contenedores de los alimentos y, por tanto, las porciones, han crecido desmesuradamente.

¿Y si para adelgazar no hiciera falta otra cosa que cambiar de plato?

Un interesante estudio, a la par que curioso, publicado por la International Journal of Obesity y que ha estudiado la proporción de los alimentos y del cráneo de los apóstoles en 52 cuadros que representan «La última cena», muestra cómo las porciones de los alimentos y las dimensiones de los platos han crecido considerablemente en los últimos 1000 años: un 66% en cuanto a la grandeza de los platos y un 23% en cuanto a la dimensión del pan. Sin ir demasiado lejos en el tiempo, basta con echar un vistazo a las dimensiones medias de los platos planos de hoy en día para darse cuenta de que son casi el doble de grandes en comparación con los de principios del siglo XX. Si nuestros abuelos comían en platos de unos 21 centímetros de diámetro, para entendernos, en la actualidad ¡hemos llegado a superar los 32 centímetros! Y este cambio no se ha producido solo por razones estéticas dictadas por dogmas de la nouvelle cuisine.

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Numerosos estudios (por ejemplo este, este o este) han demostrado que cuanto mayor es el contenedor de los alimentos, más comemos. Y esto, por dos motivos. En primer lugar, por un sencillo efecto óptico estudiado por Joseph Remi Leopold Delboeuf y desarrollado por Hermann Ebbinghaus que podemos aplicar a la comida: como podéis ver, la misma cantidad de comida puesta en un plato más grande nos crea la ilusión de que no es tanto. Por consiguiente, llenamos más el plato más grande y menos el más pequeño. (inserire immagine)

La ilusión de Delboeuf

Deriva de este ya que en el primero de los casos comeremos más, y aquí el segundo motivo, precisamente porque por motivos sociopsicológicos tendemos a terminarnos lo que tenemos en el plato, sobre todo, si es muy apetitoso.

Un estudio del Georgia Institute of Technology, en la misma línea del juego de las percepciones ópticas, sostiene que una de las pocas formas para reducir esta percepción es mediante el color: de hecho, si se crea un contraste con los alimentos cambiando el color del plato, se tiende a poner porciones reducidas en aproximadamente un 20% y, si se cambia el mantel, en un 10%. La combinación del color hace aumentar, por tanto, el deseo de comer, mientras que el plato más pequeño engaña la percepción de la cantidad y nos hace comer menos.

Todos estos estudios, que esta infografía resume eficazmente, demuestran que las dimensiones de los platos y de cualquier contenedor de alimentos son la raíz de los problemas de obesidad, sobre todo, en los Estados Unidos, donde desde la década de los ochenta ha crecido exponencialmente el aumento de peso. Si a la dimensión del plato le añadimos el hecho de que cada vez más personas (sobre todo las de pocos recursos) consumen comida basura, tenemos la ecuación hecha.

Esto explica en parte por qué pueblos como Francia, que consume en gran medida alimentos ricos en grasas, tienen habitantes delgados, o por qué los asiáticos también lo son. Los contenedores de sus alimentos y, por tanto, las porciones, son moderados. El peso de un yogurt medio en un supermercado francés, por ejemplo, es de 125 g, mientras que el de los Estados Unidos es de 227 g. Lo mismo sucede con la coca-cola, que la botella francesa es de 330 ml mientras que la estadounidense es de 500 ml. Un restaurante chino en Francia, por lo general, nos propone porciones de 244 g, mientras que uno estadounidense las pone de 418 g. Y esto por no hablar de los restaurantes de comida rápida, donde las porciones francesas son de unos 189 g mientras que las estadounidenses son de 256 g.

Todo esto está íntimamente ligado a la esperanza de vida: los japoneses son los primeros en la clasificación, con una esperanza de vida media de 83 años, seguidos por los australianos y los israelíes. Nosotros los italianos podemos esperar seguir viendo salir el sol hasta los 82 años y los franceses, hasta los 81. Los estadounidenses descienden a 79. Paul Rozin, profesor de psicología de la Universidad de Pennsylvania, lo explica de forma muy clara en esta brillante conferencia.

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